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Golf de ayer y de hoy, por Jorge Bultó

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Hoy desayuno echando la vista atrás. Desde que pisé por primera vez un campo de golf en la década de los setenta hasta ahora, no han sido pocos los cambios en el mundo del golf: recuerdo las recias y nada livianas bolsas de cuero, los clavos y flecos en los zapatos, los pantalones de campana, las camisas de pico, los carros de hierro con sus bastas soldaduras, las maderas de madera con olor a barniz y aquellas bolas que sangraban un hilillo de goma al menor filazo. Luego llegaron las primeras maderas metálicas, predecesoras de las actuales, diseños configurables que no sabes si adquieres un nuevo driver o el último modelo de los Transformers.

Tras un prólogo que refleja el paso del tiempo, voy a tema del que me quiero ocupar: Sin duda alguna, lo referido anteriormente era otro golf. Ese deporte se jugaba por el honor de ser el mejor de tu pool, el mejor de tu categoría o el mejor de tu club, tu provincia o tu país y no por ganar un viaje para jugar y alojarte en Islantilla Golf Resort. Ese deporte se practicaba habitualmente en un máximo de cuatro horas porque entre otras cosas, apenas se veía golf en la televisión. Hoy en día me espanta ver a chavales (y no tan chavales) copiar según qué rutinas, tratando su golpe como si en ello les fuese un millón de euros.

Antes se jugaba más rápido entre otras cosas porque tu padre, los caddies (llevo mucho tiempo pensando que deberían de volver) o tu maestro de golf te enseñaban a moverte por el campo, a jugarlo, a ayudar a buscar la bola de los compañeros de partido, a andar ligero, a dar paso cuando corresponde, a dejar el carro en el lugar más idóneo y a no quedarte de cháchara en el green. También te enseñaban a arreglar piques, a reponer las chuletas y a rastrillar los bunkers. Ah, y todo esto sin ayuda de medidores láser, relojes GPS, carros eléctricos y cachivaches varios de última generación.

Comparación entre un driver actual y un driver Linx de los años ochenta – Imagen tomada en Kibel Golf

 

No se me malinterprete, soy un gran consumidor de golf en televisión, es más, ojalá hubiésemos podido disfrutar de las gestas de Nicklaus, Palmer o del genio de Pedreña en el tipo de emisiones de hoy en día y en alta definición. ¿Os imagináis el impacto que tendría hoy en día Seve con su arrolladora personalidad ganando Masters, Opens, Ryders y Campeonatos del Mundo sin parar con la infinidad de cámaras de alta velocidad, micros, zepelines y drones? A todas luces el golf español gozaría de mejor salud. Tampoco pretendo limitar el golf a la bola, los palos, el lapicerillo y la tarjeta. Bastante difícil es este deporte y toda ayuda es poca. Lo que hay que incidir es en la urbanidad y la educación, porque el golf lo jugamos todos a la vez en el mismo tapete, por lo que las acciones (e inacciones) de los que salen con anterioridad, afectan a los siguientes jugadores. Puedes tener un gadget de cuatrocientos euros en la muñeca, pero si careces de civismo, estamos apañados.

Finalizo exponiendo que con un poquito más de tiempo, rectitud y contenido en el proceso de aprendizaje, el golf mejoraría en gran medida. Considero que tanto las federaciones, como los clubes y los jugadores deberíamos poner un poco más de nuestra parte para tratar de disminuir los tiempos por ronda. Resulta obvio que saldríamos todos ganando. Sobre todo nuestro deporte, sobre todo el GOLF.
 

Jorge Bultó lleva más de veinte años en la industria del golf habiendo desarrollado su labor en empresas como El Corte Inglés, Ping España y Callaway Golf Europe. También ha organizado durante cinco años un novedoso y exitoso circuito de golf de aficionados basado en las redes sociales, el Twittour Golf.