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‘Sergio García, el golf a un metro de un Chaqueta Verde’, por Nacho Aranda

Era un putt largo, unos ocho pasos, caída izquierda derecha. Sergio miró la línea, nuestros dos compañeros de partido pasaron a un dedo del hoyo, y me tocaba a mí. El green del dieciocho estaba rodeado de niños de la escuela y curiosos que le esperaban para pedirle un autógrafo. Tiré el putt, vi que la bola rodaba por donde él me marcó, levanté el brazo haciendo un poco el tonto y… dentro. Sergio gritaba detrás de mí, los amigos aplaudían y yo reía. Él me dio un abrazo y yo solo supe decirle: “Te das cuenta que es el mundo al revés, yo debería estar aplaudiendo tus golpes”.

El Manu Sarabia Trophy es una reunión de amigos en la que, una vez al año, nos juntamos para jugar al golf y recaudar dinero para ayudar a dos ONG. Esta vez, gracias a la ilusión de la familia García, el evento se celebró en el precioso Club del Mediterráneo. Y había sorpresa: Sergio jugaría el pro-am aprovechando que estaba esos días en Castellón entrenando.

La sorpresa para mí iba a ser mucho más grande, mi familia me regaló por mi cumpleaños jugar con él pujando en la subasta benéfica. A partir de ahí comenzaron veinticuatro horas inolvidables. Tenía la oportunidad de vivir un momento único, ese por el que matarían millones de aficionados en el mundo: jugar dieciocho hoyos con el ganador del Masters, con un “Chaqueta Verde”. Y cuanto más se acercaba el momento, y cuanto más me lo recordaban todos los amigos del torneo, más me acordaba de mis problemas con los hierros, de mis golpes irregulares a cincuenta metros, de algunas de mis lamentables salidas de bunker, de mi hándicap 16… ¡Y todo delante de unos de los grandes de la Historia! Pensaba en el primer golpe del tee del uno y me sudaban las manos.
 

 
Anunciaban tormenta y, desayunando con el miedo en el cuerpo, no sabía si era una buena o mala noticia. Al llegar al campo me crucé con Víctor, su padre, con su sonrisa de anfitrión. Me debió ver la cara. “Tranquilo, te vas a divertir mucho. A ver, tira unas bolas que yo vea tu swing”. ¿Mi swing?, pensé. Querrá decir mi no-swing.

De reojo vi a Sergio practicando en el putting green. Polo verde, por si se me había olvidado por un momento lo de Augusta. Me acerqué a saludar y me recibió con la naturalidad del que se pasa el día dando la mano a desconocidos.
“Ya me han contado que jugamos juntos”, me dijo. “Lo vas a pasar bien”.
“Tú, cuando veas mis golpes, no tanto”.

Primera pregunta tonta del día: “Sergio, ¿cuál es tu buggy?”.“Este, el azul”. El azul era un buggy Club Car de la Ryder Cup de 2014 que cada jugador se había llevado como recuerdo. Con la bolsa en el buggy del que para mí es, como Nadal, Gasol o Casillas, un icono, comenzaron cinco horas que contaré una y mil veces.
 

 
En cada golpe, en cada gesto, reconocí al jugador al que he visto cientos de horas en televisión. Metódico, concentrado, dando la sensación de que se estaba jugando un título. Siempre la misma rutina: medir con el laser, elegir el palo, situarse delante de la bola, dos o tres swings de prácticas, un paso atrás, visualizar el golpe, paso a la bola y latigazo. Con el driver era tan explosivo como me imaginaba pero lo que más me alucinó fue su golpe con los hierros. El ruido que generaba su impacto de verdad que daba miedo. Donde yo pegaba un híbrido 4 él pegaba un hierro 7 “sin forzar”, decía.

La mañana pasaba entre golpes y pequeñas charlas sobre nuestras dos aficiones, el me preguntaba por el Real Madrid y yo por el golf. Había leído y escuchado hablar mucho de su genio, de su mal comienzo de 2018, de tantas cosas que tenía claro que debía ser muy prudente mientras íbamos dejando hoyos atrás. Pero me encontré con un Sergio cordial, preocupado por aconsejarnos, por que nos quitáramos pronto los miedos, por darnos todas las caídas… salvo un par de minutos.

Par cinco cuesta arriba. Su salida había sido larguísima. Desde su bola jugábamos los cuatro. Nuestros encantadores compañeros de partido lo intentaron con la madera. Según Sergio, si la cazábamos bien podíamos llegar a green. Mi golpe fue más que aceptable pero me faltaron veinte metros. Él se colocó convencido, repitió la rutina y… su madera tres se abrió mucho, cogió vuelo y se fue a los árboles de la derecha. El minuto siguiente fue un silencio espeso. Cogió otra bola, repitió el golpe con el mismo resultado. Su reacción de rabia es la del que compite siempre, del que se exige la perfección aunque esté jugando un pro-am con tres aficionados mediocres. Nadie que no haya sido deportista profesional podrá entender la presión que ellos viven, la ansiedad, la soledad, la montaña rusa de emociones, el miedo al fracaso y, tampoco, por supuesto sus días de gloria y todas las ventajas de ser un número uno.

El final del partido ya lo conocéis. Durante un segundo me sentí yo el ganador de Augusta.
 

Nacho Aranda: periodista en Cadena Ser, A3tv, Canal + y última etapa en Movistar +. “No entiendo la vida sin contar cosas, sin deporte y ahora no entiendo mi ocio sin el golf”. Handicap 16.