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‘Funciones ecológicas de los campos de golf’, por Ignacio García del Pino

Los campos de golf representan un importante reservorio para la fauna y flora autóctonas, su implantación puede ayudar a restaurar ecosistemas degradados, reducir la erosión, actuar como un filtro para la percolación de aguas residuales contaminadas, favorecer la recarga de acuíferos, ayudar a controlar el efecto invernadero y poder llegar a ser un importante vector de educación ambiental.

Ya hemos comentado en nuestro anterior artículo (Golf y Biodiversidad) el importante efecto ecotono, o efecto de borde producido entre diferentes áreas paisajísticas, en las que están situados los campos de golf, lo que representa un incremento importante de variabilidad en la biodiversidad de vegetación y fauna del entorno gracias a las peculiaridades introducidas en el ecosistema por las características de los elementos naturales propios de un campo de golf (céspedes, hierbas altas, arbustos, matorral, bosques, dunas, suelos arenosos o de arena de playa en bunkers, canales y lagunas, zonas húmedas y encharcadas etc.

Si el diseño topográfico de los campos de golf se realiza con un criterio conservador de la topografía y geomorfología del relieve natural, la implantación de corredores de céspedes y zonas de hierbas altas y matorral, así como replantación de arbolado en zonas yermas, favorece el control de la erosión, en cualquier tipo de clima, especialmente en los suelos áridos y semiáridos de la región mediterránea, y muy especialmente en la costa Mediterránea y la muy erosionada esquina sudeste de la península Ibérica, así como en zonas del interior continental de Aragón, Andalucía, Extremadura y las dos Castillas, sobre todo, actuando como barrera de los procesos de desertización.
 

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