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‘Abriendo las puertas del golf’, por Gonzalo Alonso Sánchez

«Jugar al golf es muy difícil», me dijo mi amigo Jesús el día que le conocí.

Habían estado él y su mujer dando unas clases en su ciudad de residencia y se aburrió como una mona, lo dejó a la tercera clase. No me lo decía por la conocida complejidad de jugar bien (solo alcanzable para unos pocos elegidos), sino por todo el proceso que había que transitar para obtener la licencia de golf. Acto seguido le metí en nuestro campo en una hora prudente, con su mujer y la mía (que ya tenía licencia). Dos años después siguen jugando, con su licencia en regla y él con su recién estrenado hándicap 24.

Trabajando en un hotel con campo de golf, es habitual ver cómo se acercan curiosos a preguntar cómo pueden jugar. Es casi el pan nuestro de cada día. Resulta desesperante tener que decir a clientes potenciales que no pueden salir al campo cuando lo tienes medio vacío. Evidentemente, siempre tienen la opción de ir a la zona de prácticas; sin embargo, me parece una forma de perder no solo ingresos sino potenciales golfistas.

No cabe duda de que, tras la ilusión del repunte de licencias tras el COVID-19, el golf continúa estancado, en declive o con un insuficiente crecimiento en las diferentes áreas de nuestro país. Las barreras de entrada al golf en España son un escollo importante a la hora de adquirir nuevos adeptos. Pese a la riqueza de la tradición golfística española, estamos ante un problema de base: la disminución de jugadores. En un país donde menos del 1 % de la población juega al golf, la sostenibilidad de este deporte se ve amenazada y nos lleva a una pregunta ineludible: ¿es hora de cambiar el modelo?
 

 
Analizar el modelo español de acceso al golf es sumergirse en un mar de reglas, etiquetas y restricciones. Considero discutible que sea necesario conocer todas ellas a pies juntillas (bueno, ni el 10 % de los jugadores las conoce) pero el proceso para obtener la licencia y comenzar a jugar es tedioso, desmotivador y, en muchos casos, un obstáculo insuperable para los potenciales nuevos jugadores. Este sistema, aunque nacido de la necesidad de preservar la integridad del juego y el respeto por el campo, ha construido una muralla que separa al golf de una demografía más amplia y diversa que lastra la posibilidad de explotación de muchos campos.

Ahora volvamos la mirada hacia el modelo americano.

En los Estados Unidos, la experiencia del golf se vive de manera diferente. Se fomenta la inclusión, y las exigencias de acceso son menos estrictas, lo que se traduce en un 11 % de la población practicando este deporte. Pero, ¿han sacrificado la esencia del golf por la popularidad? No necesariamente. Han sabido equilibrar la accesibilidad con la exclusividad ofreciendo campos para todos los niveles y gustos, desde los más comerciales hasta los clubs más elitistas y tradicionales.

La divergencia entre ambos modelos nos lleva a un debate interno: los puristas frente a los visionarios.

Los primeros defienden la tradición y la rigurosidad (aquí también podríamos hablar de la otra parte del negocio del golf, importante y fundamental, la enseñanza), argumentando que permitir el acceso sin restricciones podría ser peligroso, perjudicar la agilidad del juego y diluir la tradición del golf.

Por otro lado, los visionarios abogan por una transformación radical, por abrir las puertas del golf a más personas desde el primer día, apuntando a un crecimiento inmediato del target y un aumento en el nivel de ingresos.
 

 
Aquí radica el quid de la cuestión: encontrar un equilibrio entre la tradición y la innovación. Ya hemos visto avances en este sentido, especialmente en las canchas de práctica, donde la incorporación de tecnología ha enriquecido la experiencia del jugador, lo cual ha llevado a más neófitos a practicar (también a los ‘veteranos’ que no pisaban una cancha desde las primeras clases) y, en el mejor de los casos, combinando esta experiencia con otro tipo de experiencias y convirtiendo las canchas de prácticas en un punto de recreo y entretenimiento para todos con servicios adicionales.

¿Es suficiente? ¿Podemos permitirnos mantener una postura estática mientras el número de jugadores sigue disminuyendo y los activos siguen envejeciendo? La respuesta, aunque incómoda, es un rotundo ‘no’.

La realidad nos está enviando un mensaje claro: es hora de abordar este desafío y repensar nuestra relación con la tradición y la apertura. No se trata de abandonar la esencia del golf ni de sacrificar la calidad del juego. Se trata de encontrar nuevas formas de atraer a jugadores, de hacer que el golf sea más accesible y disfrutable, sin perder de vista los valores fundamentales que lo han definido a lo largo de los años.

Este no es un problema actual, es un problema que se viene arrastrando desde hace mucho tiempo. En el año 2017, el profesional del sector Francisco Aymerich, ya escribió sobre este tema en su artículo ‘El futuro del golf se escribe con F…’. Especial atención hay que prestar al apartado de la flexibilidad. A día de hoy, seis años después, poca laxitud hemos incorporado.

En conclusión, el golf español se encuentra en una encrucijada. La elección es clara: renovarse o morir. El equilibrio entre la preservación de la tradición y la adaptación a los nuevos tiempos no solo es posible, sino esencial. Hemos de reconocer, la mayoría de los campos, que el verdadero desafío no radica en la perfección del juego, sino en abrir las puertas a aquellos que desean descubrirlo.
 

Gonzalo Alonso Sánchez es director gerente de Rovacías Golf Comillas.