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‘Campos y campus’, por Alejandro Nagy

A finales de 1998, recién iniciado mi primer año universitario, me acerqué al Vicerrectorado de Alumnos a informarme sobre qué había que hacer para optar al equipo de golf de la Universidad Complutense de Madrid. Sabía que era complicado porque mi hándicap no era destacado (creo recordar que quince en aquella época) pero tenía esperanza en que hubiera distintos equipos según niveles u otras opciones. Sin embargo la respuesta que obtuve me dejó perplejo e irritado. “No, imposible, el equipo de golf está reservado a estudiantes de Derecho, Económicas y AdE”. Es decir, los estudiantes de Medicina, Física, Historia, Biología, etc., no teníamos derecho a participar en el equipo de golf. Alucinante. Protesté, claro, pero quedó en nada.

Desconozco cómo se gestiona actualmente este equipo o cómo se hace en otras universidades patrias, lo que sí está claro en que la realidad actual del binomio “golf & universidad” sigue siendo complicada. Lo más normal es que cuando un jugador amateur de alto nivel (o una jugadora, por supuesto) que aspira a ser deportistas profesional llega a los dieciséis, diecisiete años, se le planteen varias opciones al terminar el bachillerato: aparcar el golf un tiempo y concentrarse en desarrollar una carrera universitaria en España (como decidió Gonzalo Fernández-Castaño), no estudiar un grado superior y centrarse en el golf (la opción de Sergio García), o dar el salto a Estados Unidos y compaginar ambas actividades (como hizo Carlota Ciganda). Cierto es que en los últimos años un puñado de universidades españolas ofrecen la posibilidad de compaginar golf y estudios, pero todavía andamos muy lejos de que sea lo normal. Quizá con las nuevas becas Erasmus Plus veamos algún cambio a medio plazo, pero todavía falta tiempo para saberlo.

Es una lástima que a estas alturas no haya un gran proyecto nacional que permita compaginar estudios universitarios y deporte, especialmente por aportar una sólida formación a los aspirantes a jugador profesional que le permita disponer de un plan B por si la primera opción fallase. Los jugadores jóvenes de golf con mayor proyección de España deben emigrar o apartarse de los palos durante una temporada, lo que implica una “fuga de cerebros” encubierta o una pérdida de potenciales unidades de nuestra competitiva Armada.

Hace unos días tuve la ocasión de charlar con un ex-tenista profesional y me comentaba que la situación actual tiene visos de no mejorar a corto plazo. En su opinión se debería invertir en la base, ya que si no el futuro del deporte español será muy complicado. Y la base son miles de niños en nuestros campos y quinceañeros con objetivos académicos y deportivos a quienes no se les debería torpedear su carrera y quienes no deberían de dejar el golf por no poder continuar con su práctica cuando llegue el momento de ir a la universidad. De las, entre públicas y privadas, casi ochenta universidades españolas, ¿cuántas disponen de convenios con campos de golf? Algunas los tienen prácticamente en sus puertas. ¿Cuántas incluyen el golf como actividad complementaria? Por otro lado, ¿qué facilidades se dan para que un deportista de alto nivel pueda, por ejemplo, aplazar unos días un examen para acudir a un torneo relevante? No me imagino a Tiger Woods o a Tom Watson agobiados por tener que rechazar jugar el US Amateur ya que su profesor de Economía 101 de Stanford no les aplazaba una prueba.

Alejandro Nagy es coordinador de cgolfsostenible y fundador de golfindustria.es.

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