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‘Conceptos básicos sobre los pozos de bombeo en campos de golf’ (Bombas Grundfos)

Empecemos presentando al principal protagonista: el agua subterránea. Estas aguas tienen, por lo general, entre veinticinco y diez mil años. Antes de alcanzar el acuífero, la estructura donde se almacenan, se han filtrado y se han visto expuestas a tratamientos biológicos a medida que atravesaban las diversas capas del suelo, por lo que suelen tener muy buena calidad y requieren un menor tratamiento previo a su utilización, dependiendo por su puesto, de la legislación del país en cuestión.

Generalizando, podemos clasificar los acuíferos en dos tipos: libres, que se encuentran parcialmente llenos de agua, y confinados (o cautivos) donde el agua almacenada se encuentra entre capas impermeables. Para acceder a este agua, habitualmente se lleva a cabo una perforación donde se puede instalar una bomba sumergible, y es precisamente en este tipo de sistemas en el que nos centraremos.

En el interior de la perforación se instala normalmente un encofrado, un revestimiento o encamisado, que evita que el pozo se derrumbe alrededor de la bomba. Debajo del encofrado y alineado con el acuífero, se encuentra otro “encofrado” con ranuras finas que permite que el agua entre en el pozo y hace de filtro, evitando la entrada de arena y partículas más grandes.

El nivel del agua subterránea variará a lo largo de las estaciones, pero debería mantenerse cada año, puesto que la cantidad máxima extraíble es similar a la generada anualmente. Si los niveles de agua se reducen constantemente, por una sobreexplotación, mala gestión del bombeo o pozos ilegales podría darse el caso de que se vea comprometido el suministro de agua por un incremento en la salinidad (infiltraciones salinas) y otras sustancias no deseadas.

Las recomendaciones sobre el contenido de arena varían de un país a otro, pero Grundfos recomienda que el contenido de arena no exceda los 50 ppm en el agua del pozo. A esa concentración el rendimiento de la bomba y su vida útil pueden mantenerse a un nivel aceptable durante unas 25.000 – 35.000 horas de funcionamiento.
 
Rendimiento del pozo y eficacia operativa

Cada pozo tiene una capacidad específica, que consiste en los m3/h por cada metro de descenso del nivel de agua bombeada. En función de la necesidad de agua bruta, se podrá optimizar la gestión del pozo con el fin de conseguir el menor descenso medio del nivel de agua posible. Relacionado con esto, especialmente en el caso de pozos con grandes caudales, es importante conocer el aforo del pozo y saber la cantidad de agua disponible sin sobreexplotar, además así se puede elegir el equipo de bombeo adecuado para optimizar la explotación.

Críticos en la explotación son también los niveles del pozo y la ubicación de la bomba, es decir, la profundidad a la que se debe instalar la bomba por debajo del nivel del suelo. Para definirlo, debemos conocer el descenso del nivel de agua y su nivel dinámico, ya que mientras esté funcionando, el agua no debe quedar nunca por debajo de la entrada de la bomba.

Definimos el nivel estático como la profundidad a la que se encuentra el agua cuando la bomba está parada y el nivel dinámico como la profundidad hasta el agua cuando la bomba está funcionando. El nivel dinámico y el caudal están relacionados entre si y dependen de las características del suelo y de la configuración del pozo.

Esa diferencia entre el nivel estático y el dinámico, da lugar a la formación de un cono de depresión o reducción alrededor del pozo durante el funcionamiento de la bomba:
 

 
Con respecto al equipo de bombeo, además del caudal necesario, la bomba seleccionada debe ser capaz de levantar el agua desde el acuífero hasta la superficie y que esta salga a una presión determinada, como se ve en la imagen:
 

  1. Nivel dinámico del agua
  2. Altura sobre el suelo
  3. Presión descarga
  4. Pérdidas en tuberías, válvulas y codos

 

Cabe destacar que un bombeo excesivo tendrá como resultado un descenso importante del nivel de agua que puede dar lugar a fenómenos de oxidación y formación de depósitos que provoquen atascamientos, aumentando los costes de mantenimiento y probablemente reduciendo la vida útil del pozo. Además, el descenso en el nivel del agua puede dar lugar a cambios químicos y/o precipitación de metales, infiltración de nitratos, pesticidas o agua de mar, como ya se indicaba anteriormente, aumentando los costes de explotación por los recursos destinados al tratamiento del agua y la recuperación del pozo.