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‘El desequilibrio oferta-demanda que arruina al golf interior’, por Javier Insula (Making Golf)

Hasta el año 2008 el golf estaba de moda en España. Se habían vivido años de crecimiento sostenible en el número de jugadores nacionales, las escuelas se llenaban de nuevos alumnos atraídos por un deporte aspiracional y mucho más accesible de lo que pensaban y el turismo crecía en la costa. Y el IVA al 8 %. Años de vino y rosas.

Pero llegaron los nubarrones. Durante la crisis económica que padecimos en España entre los años 2008 y 2014, 177.336 empresas cerraron, (la mayoría PYMES según indica el IESE, Anna Laborda), de las que 49.411 pertenecían al sector servicios. Según datos del INE, en 2011 había en España 3’15 millones de empresas, de las cuales el 5’6 % tuvieron que cerrar.

Documentándome para escribir este artículo he buscado, sin éxito, el dato del número de campos de golf españoles que tuvieron que cerrar sus puertas en ese período. Diría que unos doce campos de golf lo hicieron (algunos lograron reabrir unos años después). Si el total de campos en 2012 era de 424 (fuente RFEG), el porcentaje de cierres no llegó al 3 %. De hecho, en 2018 se ha pasado de 380 en 2009 a 437 en 2018 (fuente RFEG).

Pero la crisis en el golf golpeó “por barrios”. Mientras muchos campos de la costa orientados al turismo soportaban bien la situación, los campos domésticos, del interior en general, sufrían (los comerciales mucho más que los sociales). En estos últimos la demanda se desplomaba a mayor velocidad de la que los campos podían nivelar su cuenta de explotación reduciendo costes y congelando inversiones, la competencia en precios se hizo salvaje (con un IVA trece puntos superior que no se repercutía al cliente) y la viabilidad de los activos se desplomaba. Una oferta sobredimensionada se peleaba por una demanda a la baja, cada vez más envejecida, sin relevo generacional y muy maleada en precio.

Hoy en día, la mayoría de estos campos no sólo no se han recuperado si no que presentan un futuro incierto. Se corresponden con campo ubicados en el interior peninsular (ambas Castillas, Aragón, La Rioja, Álava e incluso Madrid y algunas zonas del norte y del Levante) y de Canarias (como Fuerteventura). A diferencia de otros sectores, muy pocos campos de golf han cerrado porque, en general, la explotación pura del campo no eran el negocio per se, sino que lo era el inmobiliario u hotelero, y en muchos casos han sido mantenidos por las entidades
financieras que los incorporaron (y no precisamente de forma voluntaria) a sus balances. Eran mantenidos artificialmente como enfermos terminales enganchados a una máquina.

La oferta y la demanda se desniveló durante la crisis, y el hecho de que campos que debieron cerrar no lo hicieran arrastró a sus competidores. Los campos languidecen exprimiendo más y más sus costes y enfrentados entre sí por competir casi en exclusividad en precio, estando abocados a alargar su penuria.
 

 
El “pan para hoy” del jugador

Y con ese panorama llegó la feroz competencia en precio por el cliente cortoplacista.

Recientemente recibimos una petición de un conocido colectivo de jugadores de golf interesados en hacer torneos en la zona sur de Madrid y norte de Toledo. La tarifa que estaban dispuestos a pagar por un torneo de dieciocho hoyos en fin de semana era en torno a dieciocho euros, tarifa que supuestamente ya tenían en los campos del entorno. Si un campo de golf vende un greenfee a dieciocho hoyos en fin de semana, dieciséis euros sin IVA, se vende en pérdidas, sí o sí, sea cual sea el campo. No puede mantenerse un negocio vendiendo a pérdidas de forma recurrente.

El jugador parece el gran beneficiado de esta situación postcrisis, pero realmente lo es sólo a corto o medio plazo ya que puede jugar más barato que antes. Pero, a la larga, los campos están peor presentados, el servicio se resiente y, necesariamente, más tarde o más temprano, irán cerrando y caerá la oferta.
 

¿Y el futuro?

Campos con los gastos llevados hasta el extremo y con las inversiones congeladas año tras año se van convirtiendo en semi rústicos irreversibles, basando su estrategia de negocio en resistir abiertos más que alguno de sus competidores. Es decir, a la espera de que cierre antes el vecino y la demanda se redistribuya. La única oportunidad de muchos campos del interior es el cierre de su competidor. Es una carrera de fondo porque este competidor lucha por lo mismo.

Es una obviedad, pero si los campos inviables hubiesen cerrado de forma natural, como ha ocurrido en cualquier otro sector, la situación sería más sostenible para los “supervivientes”. Ahora no lo es para ninguno.

¿Hay alternativas? Reinventarse no resulta sencillo porque somos un sector rígido, poco flexible. Algunos lo han hecho por ejemplo con la restauración y los eventos. Los campos de La Rioja invierten en el turismo del golf con el vino como reclamo.

Según recientes informaciones de la Real Federación Española de Golf las licencias vuelven a crecer en España, aunque levemente, si bien no se esperan grandes crecimientos a corto plazo. La promoción del golf es necesaria y debe ser un compromiso de todos, campos y federaciones. Toca actuar. Y será necesario innovar, arriesgar, cambiar.

Piensa qué puedes hacer desde tu posición para promocionar el golf.
 

Javier Ínsula es socio y director general de Making Golf Group.