Noticias destacadas

‘El impacto en la industria del golf del incremento de la distancia alcanzada por la bola’, por Alfonso Vidaor (Green Project)

De forma recurrente, cada año o cada dos recibimos de los organismos reguladores del juego del golf (R&A y USGA) boletines o reports en los que se cuestiona el impacto real de la aparición de nuevos materiales y mejoras tecnológicas (para palos y bolas) en la distancia de juego. Estas publicaciones se basan en estudios realizados por estas organizaciones, siempre con rigor estadístico, y con conclusiones que indican que estas mejoras no son sustantivas en cuanto a la distancia que los jugadores alcanzan con sus golpes.

Hace más de cincuenta años que empecé a jugar al golf y tuve la oportunidad de competir al más alto nivel con nuestros mejores jugadores profesionales y amateurs en las décadas de los setenta y ochenta. Nunca me he considerado un jugador especialmente potente pero puedo asegurar que la diferencia de distancia de drive entre los jugadores más potentes de aquellos tiempos y mi drive no era, ni mucho menos, grande.

En los ochenta, como todo el mundo sabe, jugábamos drivers de cabeza de madera persimmon con sweet spot de plástico o marfil y varillas de acero. Fue en la década de los noventa cuando la aparición de las cabezas metálicas para las maderas en materiales ligeros, las varillas de grafito y la nueva generación de bolas irrumpieron con fuerza, con una notable simplificación del juego al ampliarse la zona de impacto positivo en la cabeza del palo (reduciendo el error) y reducir el peso de los palos, unidos estos efectos a una mejora sustancial de la bola con nuevas geometrías (básicamente Titleist ProV).
 

 
Es evidente que nuestro deporte ha sufrido otra gran revolución a partir de finales de mediados de los ochenta, cuando la irrupción de grandes fenómenos mediáticos (Seve, Tiger, etc.) produjo una mejora sustancial en los patrocinios de torneos y derechos de imagen, creando un enorme interés entre los nuevos jugadores para alcanzar un puesto en la élite que les garantizaría un formidable medio de vida para ellos y sus familias.

Esta situación amplió la competencia entre los jugadores que querían acceder a los circuitos profesionales (inicialmente European Tour y PGA Tour) que han requerido de una mejora global de las habilidades para competir en contextos cada vez más exigentes. Así los jugadores profesionales empezaron a incorporar en sus rutinas de trabajo mejoras físicas (fondo, potencia) específicas para el golf, mejoras nutricionales, trabajo psicológico y procesos de fitting de material a medida con tecnologías cada vez más sofisticadas (vídeo, tracers, biometría, etc.).

Esta necesaria competencia viene produciendo ‘atletas del golf’ capaces de alcanzar hitos difícilmente imaginables hace treinta años cuando Seve gano su último Major.
 

 
La conjunción de estos factores y su influencia en la distancia de golpeo se puede ver de forma sencilla en un simple estudio estadístico que en Green Project venimos realizando desde hace muchos años. Éste estudio consiste en estudiar la evolución en la estadística de distancia de drive de los jugadores (disponible en las webs de los circuitos profesionales) desde 1980, tomando como referencia las posiciones 1, 10, 25, 50, 75, 100, 125, 150 y 175 del ranking. Consideramos que el mismo problema se produce para los jugadores amateurs de alta competición, que son los futuros miembros de los circuitos profesionales.

De esta forma podemos percibir la evolución no solo de los ‘pegadores’ del circuito sino de todos los jugadores que pasan por él cada año, basándonos en estadísticas recogidas durante los torneos en competición (inferiores a las realmente alcanzables por los jugadores).

El resultado es incontestable y se puede apreciar en la siguiente gráfica que enfrenta las yardas medias alcanzadas cada año entre 1980 y 2019:
 

 
¿Qué dos datos se pueden extraer de forma directa?

  • La distancia de drive para el líder del ranking ha aumentado cuarenta y seis yardas en los últimos treinta y nueve años, con diversos saltos que se pueden identificar con la aparición de maderas metálicas y nuevas bolas (1995, 2000), si bien podría apreciarse un cierto estancamiento desde 2003
  • La distancia del ultimo jugador considerado (175 del ranking) ha aumentado cuarenta y siete yardas en este periodo, y no muestra signos de reducir su crecimiento en estos últimos años

¿Qué supone todo esto para el sector del golf? Básicamente, problemas…

Haciendo un cálculo simple, y extrapolando ligeramente los resultados del drive a otros golpes de campo, podemos asumir que un campo existente en 1980 se ha acortado para un par 72 estándar debido al incremento de distancia de golpeo del jugador de la siguiente forma:

  • Drives: 14 hoyos X 46 yardas = 644 yardas
  • Segundos golpes pares cinco: 4 hoyos x 30 yardas= 120 yardas
  • Golpes a green pares tres y pares cuatro: (10 + 4) hoyos x 20 yardas = 280 yardas
  • Distancia de reducción total: 1.044 yardas (es decir casi un kilómetro)

Esto supone que para que un campo ‘largo’ de los años ochenta mantuviese su equivalencia de distancia de juego hoy en día, debería haberse alargado unas 1.044 yardas. Para un campo de 6.750 yardas de par 72 supondría pasar a 7.794 yardas, que es la distancia que estamos viendo actualmente en los campos largos de ambos circuitos.

Como resulta obvio, muchos campos no han podido ni pueden efectuar estas mejoras por falta de espacio, pero el problema más grave que se deriva del incremento de distancia de golpeo es el de la seguridad de juego, tanto interna del propio campo de golf como hacia el exterior del mismo (viales, residencias, terrenos de terceros, etc.).

Las distancias laterales de seguridad se han tenido que incrementar consecuentemente a este incremento de distancia de golpeo. Si uno consulta las publicaciones clásicas sobre diseño de campos de golf (por ejemplo The Golf Course: Planning, Design, Construction and Maintenance de F.W Hawtree, 1983) podrá comprobar que la distancia sugerida entre ejes de hoyos era de unos setenta metros, con treinta y cinco a cuarenta metros al exterior del campo.

En la actualidad existe un consenso amplio entre los diferentes equipos de diseño para situar esta distancia de seguridad entre ochenta y noventa metros, pero sobre todo en sesenta metros hacia el exterior del campo de golf. Este hecho es prácticamente inabordable en la mayoría de campos de golf afectados por esta problemática, debiéndose invertir en costosos rediseños o implantación de sistemas de protección física (redes, arbolado, etc.) con la consiguiente problemática paisajística y económica.
 

 
Pero no acaban aquí los problemas: las distancias de golpeo con las nuevas técnicas y materiales se han incrementado para todos los jugadores del mercado. Un jugador joven que posea una técnica correcta y un físico adecuado puede enviar la bola a más de trescientas yardas desde el tee… pero con un margen de error lateral muy amplio. Este problema se acentúa por el hecho de que los jugadores disputan la mayoría de las pruebas en modalidades (fourball, por ejemplo) que perdonan el error extremo, cosa que formulas como el medal play no permiten.

Esto ha supuesto en muchos casos ampliar las superficies de calle y rough, y sobre todo ampliar el número de plataformas de tees de salida para poder dar cabida a todos los jugadores facilitándoles una distancia razonable de juego.

Por todo ello este incremento de distancia supone un importante sobrecoste de construcción y mantenimiento (mayores superficies de actuación, mayor longitud de redes de drenaje y riego, mayor longitud de caminos, etc.) y un mayor tiempo de juego, que supone un grave contratiempo para la gestión sostenible de los campos de golf en un mercado que lleva muchos años en una situación compleja ya que requiere aplicar mayores cuotas de pertenencia a los socios o mayores greenfee a los usuarios.

Como dato medio podemos estimar que un par 72 de unos 6.150 metros de distancia de juego requería unas cincuenta hectáreas, en las condiciones de seguridad de los años ochenta. En la actualidad para un campo de par 72 y 6.900 metros de distancia de juego se requieren unas setenta hectáreas, lo que supone un incremento de un 45 % sobre el terreno necesario para construir un campo de golf (en condiciones sin vegetación o elementos que permitan disminuir las distancias de seguridad). En caso de no disponer de estas superficies la tendencia es a realizar diseños complejos con greens difíciles y bien protegidos, que dificultan sobremanera el juego para la mayoría de los jugadores.

Es por tanto comprensible que esta situación represente un gran reto para nuestro colectivo de diseñadores ya que se debe trabajar con terrenos y presupuestos menguantes (por la limitada capacidad de inversión) frente a exigencias crecientes si se intenta crear diseños que puedan soportar la alta competición (tanto profesional como amateur).

A nuestro juicio, el sentido común debería prevalecer y los organismos reguladores tendrían que tratar de actuar para reducir de nuevo estas distancias de juego mediante regulaciones sobre el material. Apostamos por la bola como aspecto más fácilmente ajustable para volver a una situación más razonable.
 

Alfonso Vidaor es cofundador de Green Project.