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‘El (in)sostenible modelo del golf español’, por Alejandro Nagy

El golf es un deporte en el que un jugador debe hacer llegar una pequeña bola desde un punto A a otro punto B, en el menor número de golpes posible. Se caracteriza por practicarse en extensas instalaciones naturales (y naturalizadas) al aire libre. Hasta ahí la definición “académica” de una de las actividades deportivas más influyentes del mundo, más antiguas, que más dinero mueve, más adeptos tiene y más detractores presenta. El golf es, actualmente, una gran industria a nivel mundial, mejor o peor entendida y gestionada según la zona en la que nos encontremos.

He tenido la fortuna de poder viajar por motivos de ocio y trabajo relacionados con el golf, de conocer a profesionales de diversas disciplinas y diversos países y de asistir a cursos y eventos de golf en varios países. Y una afirmación real, sólida e inapelable, surgió hace unos años y lamentablemente ahí sigue. En USA, Canadá, Australia, países de este corte, el golf es algo normal, de diario, jugado por abogados y fontaneros, cada uno a su nivel, como quien va a cenar a un restaurante de dos estrellas Michelín o a la hamburguesería del barrio. En Inglaterra, Irlanda, países escandinavos y similares, el golf es habitual, cotidiano, juegan todos incluso cuando hace sol. Recuerdo ver a un grupo de chavales en Londres salir de la estación de Paddington con la bolsa de palos al hombro y con los hierros tintineando. Nadie les miraba con cara rara como si portaran una centelleante arma nuclear, para los viandantes londinenses era como ver a un grancanario con una tabla de surf por la calle. Lo normal.

¿Qué significa esto? Que al español medio le falta ver el golf como algo normal y, en mi opinión, el modelo actual del golf en nuestro país no ayuda en absoluto. Más bien lo perjudica. En los últimos treinta años hemos pasado de cortar la señal de televisión que retransmitía la última jornada del primer Open Británico que ganó Seve Ballesteros a ser uno de los destinos preferidos por los europeos para pasar sus vacaciones de golf. Sin embargo el español de a pie no lo sabe, no lo ha vivido. Para algo menos del 99´3 % de la población patria el golf sigue siendo “eso” a lo que juegan los viejos pijos con pantalones a cuadros, polos chillones y boinas con borlas de dudoso gusto.

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Datos, números, hechos

Según datos de la Real Federación Española de Golf nuestro país presenta actualmente unos cuatrocientos (≈400) campos de golf y posee algo más de trescientas mil (>300.000) licencias federativas, es decir, el 0´7 % de la población. El informe Golf participation in Europe 2010 del grupo de trabajo Golf Advisory Practice in EMA de KPMG indica, por ejemplo, que entre Reino Unido e Irlanda suman cerca de un millón cuatrocientos mil jugadores (≈1.400.000), casi el 2´5 % de la población, y unos tres mil (≈3.000) campos. También que Suecia posee más de medio millón de licencias (>500.000, casi el 6 % de la población) y presenta unos quinientos (≈500) campos. Distintas fuentes indican que sólo en el estado de Florida puedes encontrar más de mil doscientos (>1.250) campos de golf. Son muestras de que es posible que en una sociedad avanzada, en un país desarrollado, pueda tener cabida un deporte como el golf.

Antes o después debían surgir las preguntas comprometidas. ¿Cómo mantener tantos campos de golf en un país de comprometidos recursos hídricos? ¿Cómo poder practicar un deporte tan caro? ¿Es el golf un deporte que depreda el territorio y esquilma los recursos naturales? ¿Es una actividad sostenible desde los puntos de vista económico, social y ambiental? Si evitar todo esto es posible en otros países, ¿está mal enfocado el planteamiento del golf español?

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La realidad de la piel de toro

En estos últimos treinta años el golf ha experimentado un espectacular aumento de instalaciones y jugadores a lo largo y ancho del país. Actualmente áreas como Madrid y la Costa del Sol presentan más del 30 % de licencias y el 25 % de los campos, respectivamente, contribuyendo a su desarrollo y expansión. Pero, ¿cómo ha sido este desarrollo?, ¿planificado?, ¿orientado al jugador o al negocio?, ¿primaban intereses deportivos o meramente especulativos?, ¿interesaba el golf o los desarrollos inmobiliarios anexos?… Lamentablemente en muchos proyectos mandaban los segundos sobre los primeros, como ahora se puede comprobar. Basta dar una vuelta por la costa mediterránea española para ver campos de golf muertos, agonizantes o a medio construir. Calles trazadas pero pedregosas, greens simplemente delimitados y varias estacas en las teóricas plataformas de tees, restos de tuberías y alguna que otra máquina oxidada olvidada bajo una encina u olivo. Proyectos que raramente retomarán su empuje inicial.

En una significativa cantidad de casos los campos de golf que se han construido en las últimas dos décadas se han desarrollado a la sombra de hoteles, apartamentos y grandes complejos. No digo que estén todos mal planteados (¡ni mucho menos!) pero sí que un cierto número han sido una mera excusa inmobiliaria con nefastas consecuencias: elección de zona con escasos criterios ambientales, empleo de agua fresca para el riego, uso inadecuado de variedades de césped deportivo, sobredimensionamiento de instalaciones, aspecto elitista de las edificaciones, escasa facilidad de acceso a las mismas a jugadores, precios excesivos, etc. Resumiendo, ejemplos de desarrollos insostenibles desde todos los ángulos.

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Modelos, supuestos y alternativas

Supuesto uno: un megalómano constructor/promotor decide construir un complejo high-class en un punto de la costa española en una zona de valor ambiental medio-alto y encarga a un diseñador de campos de golf que establezca dos recorridos de dieciocho hoyos de alta competición (treinta y seis hoyos, unos 12.000 metros lineales de recorrido y algo más de ciento diez hectáreas de superficie ocupada) que mantenga siempre una imagen de alta calidad (el Efecto Augusta, la obsesión de algunos por tener en su urbanización un recorrido que rivalice con la joya de Georgia). Elevada inversión, premisas ambientales más que discutibles, agresivos desmontes, necesidad de agua de alta calidad, hierba inadecuada, motivación deportiva casi nula, oposición de la población local. Dudosa sostenibilidad del proyecto.

Supuesto dos: un constructor/promotor con conocimientos de la realidad del golf español planea un campo sencillo de dieciocho hoyos (unos 5.500 metros lineales de recorrido y algo más de cuarenta y cinco hectáreas de superficie ocupada) sobre una antigua escombrera clausurada, con un diseño sin pretensiones que apenas exige movimientos de tierra, accesible a la población local ya que el objeto es ser parte de un club deportivo. La hierba que se empleará será la aconsejada por un asesor independiente experto en agronomía (se asume que el césped tendrá un color marrón durante ciertas temporadas como ocurre en los clásicos links escoceses) y el agua de riego provendrá de la depuradora terciaria cercana. Planteamiento, en principio, coherente.

Mismo deporte, distintos proyectos, opuestos planteamientos. ¿Cuál de los dos se ajusta al modelo del golf español en los últimos años? Si nos atenemos a lo conocido parece que predomina el supuesto uno mientras que el supuesto dos es casi residual. El resto de campos, muchas de ellos bastante equilibrados, son instalaciones construidas bastantes años atrás que presentan un contrastado desarrollo sostenible. Entonces, ¿es posible plantear un campo de golf sostenible en España?

Es factible, siempre que se tomen (y mantengan) una serie de decisiones. Por ejemplo, la combinación césped-agua. Es viable emplear agua reciclada siempre que se escoja una variedad de alta tolerancia a salinidad y a conductividad como el paspalum (Paspalum vaginatum), una especie cespitosa que en cierto modo ha revolucionado el sector del golf en áreas de clima cálido y comprometidas fuentes de agua (en la isla de Gran Canaria cinco de sus ocho campos, todos regados con agua depurada o desalinizada, ya han tomado como base esta hierba). Otras especies como las bermudas (Cynodon dactylon y variedades) o agrostis (Agrostis stolonifera y variedades) son igualmente indicadas para estas situaciones ya que presentan una gran resistencia a altas temperaturas, al pisoteo y a las aguas duras.

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Diseño y mantenimiento

En el artículo “Política de usos del agua en los campos de golf en España” el Dr. Espejo Marín de la Universidad de Murcia indica que en 2010 “las necesidades hídricas de los campos del norte de España se estiman en 1.000 metros cúbicos por hectárea (m³/ha), mientras que en la costa mediterránea y en el sur este indicador está entre los 10.000 y los 13.500 m³/ha. En términos absolutos, los campos de golf representan una demanda hídrica de 120 hectómetros cúbicos (hm³), inferior al 1 % de la demanda hídrica total anual (conviene tener en cuenta que, según el Instituto Nacional de Estadística, en 2006 las pérdidas ascendieron al 16´7 % del volumen de agua introducido en las redes de abastecimiento). Por tanto, el consumo de agua de los campos de golf en España es poco significativo, pero la concentración de campos de golf en determinadas zonas, ya de por sí deficitarias en recursos hídricos, podría implicar problemas locales de sostenibilidad de los mismos”. Una estación depuradora de aguas residuales (EDAR) dotada de tratamiento terciario a la que viertan las aguas residuales de núcleos poblacionales estables que sumen al menos unos 15.000 habitantes generaría agua depurada suficiente para atender la demanda de un único campo de golf.

Otras decisiones relevantes para la sostenibilidad de un proyecto de golf se dan a nivel de mantenimiento del césped. Los responsables (greenkeepers) deben tener en cuenta y gestionar correctamente el empleo de fertilizantes (las aguas depuradas contienen una cierta cantidad de nitrógeno que hacen que sea necesario emplear una combinación N-P-K sintética menor), de fitosanitarios (estrategias preventivas o paliativas, acciones de lucha integrada, etc.), de resiembras (menor cuanto mejores resultados se hayan tenido a lo largo de la temporada), etc., con el objeto de evitar problemas de eutrofización de aguas cercanas, resistencias biológicas a enfermedades o plagas, e incrementos de presupuestos, entre otras circunstancias. La sostenibilidad de un campo de golf depende en gran medida de la profesionalidad de su greenkeeper.

El perfil del campo, es decir, su moldeo, es otra de las decisiones muy a tener en cuenta a la hora de planificar un nuevo recorrido. ¿La zona tiene un perfil abrupto? Adapta el diseño a él y trata de modificar el terreno lo menos posible, cada metro cúbico de tierra o roca desplazado influye tanto en el coste como en el mantenimiento posterior y en la percepción social de los habitantes locales que pueden percibir el campo de golf como una intromisión en su paisaje. ¿Es un área plana? Trata de realizar los menores movimientos de tierra posible y basa los obstáculos en árboles, lagos, rías, etc., pero no forzados desniveles artificiales. Esto influye igualmente a la hora de establecer las redes de riego y drenaje, así como las especificaciones de las estaciones de bombeo y su consumo energético. A mayor trabajo desplazando agua, mayor necesidad energética y menos sostenibilidad.

Percepción social, enfoque económico y promoción efectiva

Igualmente importante para tratar de asegurar la sostenibilidad del proyecto, o del campo existente, es la atención a la realidad social de la región. ¿En las circunstancias económicas actuales será potencialmente más sostenible un proyecto sencillo o un resort de lujo? ¿Por qué no tratar de potenciar el golf como deporte a nivel local, que gane adeptos entre la población y suavice la extendida percepción elitista? Cuantos más jugadores nacionales haya, más potenciales clientes tendrán los resorts enfocados al jugador extranjero. Ciertos campos facturan el 75 % de sus green-fees durante los seis meses de temporada alta, casi exclusivamente a golfistas foráneos, dejando el otro semestre para los local players. Los campos accesibles, a la larga, generarían un interesante volumen de golfistas españoles que participarían en el mantenimiento de estos campos (la parte económica de la sostenibilidad).

Se estima que en España existen cerca de dos millones de personas que practican el esquí, lo que situaría a nuestro país en la décimo segunda posición a nivel mundial. Serían, aproximadamente, siete veces más los esquiadores que los golfistas, siendo un deporte absolutamente estacional y geográficamente muy concreto. Igualmente se trata de un deporte técnico que necesita tiempo de práctica para disfrutarlos, de un deporte desarrollado en una extensión natural considerable y de un deporte que precisa de un específico (y, al igual que en el golf, de múltiples calidades y precios) material para su correcta práctica. El esquí no está mal visto, no es exclusivo de viejos o ricos, no es objeto de polémicas. Cada año salen en las noticias imágenes de escolares que cruzan media España para disfrutar la “Semana Blanca”. ¿Por qué no existe la “Semana Verde”? ¿Qué falla en la promoción real y efectiva del golf?

La actual situación de estancamiento o retroceso de la industria del golf (aunque quizá en España no haya industria sino sector, ya que no innovamos sino que vamos a remolque) es cuasi sistémica y global, algo que, por ejemplo, ya denunciaba en el año 2005 el prestigioso periodista norteamericano Geoff Shackelford en su libro “The future of golf”, una acertada reflexión acerca de lo que fue el golf, lo que es ahora, lo que debió ser si se hubiera recapacitado a tiempo y lo que debería ser en el futuro. En nuestro país costará esfuerzos iniciar una senda de “normalización” del sector del golf, complicado pero no imposible si quienes deben unirse y liderarlo realmente lo hacen.
 

Alejandro Nagy es coordinador de cgolfsostenible y fundador de golfindustria.es.
 

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