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‘El jugador sostenible’, por Alejandro Nagy

Un día cualquiera nos apetece jugar dieciocho hoyos, nos preparamos en casa, llegamos al club, pasamos por el cuarto de palos y el starter, salimos al campo, lo hacemos mejor o peor, volvemos al cuarto de palos, visitamos el vestuario y el bar… sin darnos cuenta del impacto ambiental que estas actividades producen. ¿Lo comentamos?
 

El conocido Protocolo de Kioto ha pretendido, con discutible efectividad, controlar y reducir las emisiones de los gases de efectos invernadero (GEI, aquellos que potencian el efecto invernadero natural, culpables del calentamiento global) en ciertos sectores de la industria del primer mundo. Al mismo tiempo se han llevado a cabo campañas de concienciación para tratar que el ciudadano de a pie colabore en esta reducción. Una de las iniciativas más efectivas, con las que se puede estimar la generación de CO2 y otros gases por habitante y año, ha sido la promoción del indicador ambiental denominado Huella de carbono.

La huella de carbono mide el impacto ambiental que provocan los consumos individuales en nuestro planeta. Los elementos que se toman en cuenta para su cálculo son, entre otros, la cantidad de agua, de electricidad, de combustible o de materias primas que son empleados diariamente, de forma directa o indirecta, por un habitante. En nuestro caso nos vamos a limitar a estimar cualitativamente la huella de carbono generada por un jugador al realizar un recorrido de 18 hoyos, indicando las actividades que generan “mayores” (+++/++) o “menores” (+) emisiones, así como aquellas que generan una “escasa” o “nula” (0) emisión de CO2 y otros GEI por persona.

Sin intención de radicalizar este texto, y con la única intención de mostrar cuantas acciones que parecen cotidianas generan una cierta emisión de CO2, podríamos plantear un hipotético partido con dos amigos con lo que hemos quedado a eso de las tres de la tarde.

Después de comer en casa (+), y una vez que nos hemos asegurado de tener algo de agua en un botellín  de usar y tirar (+) o en un envase reutilizable (0), cogemos el coche individualmente (+++) para llegar a al club o lo compartimos (+) con alguno de nuestros compañeros de juego. El transporte en vehículos privados es una de las actividades habituales que más GEI producen, tanto con vehículos diesel o como de gasolina, por lo que compartirlos en los desplazamientos ayuda a disminuir la cantidad de CO2 emitido por persona.

Una vez aparcado el coche, y ya en el cuarto de palos, podemos optar por salir al campo en buggie (++), con carro eléctrico (+), con carro manual (o) o con la bolsa al hombro (0), tras lo cual nos dirigimos al tee del uno. La energía necesaria para recargar las baterías de los buggies y de los carros eléctricos proviene de distintas fuentes, la mayoría instalaciones que emiten CO2 y GEI si tenemos en cuenta que menos del 15 % de la energía consumida en España proviene de fuentes renovables.

En el tee del uno pincharemos un tee de madera (0) o de plástico (+), iniciando un recorrido en el que podremos jugar con la misma bola de principio a fin (0) o perdiendo algunas bolas (+), lo cual además de ser poco “sostenible” puede llegar a ser frustrante… Debemos tener en cuenta que, teóricamente, cuanta menos materia prima natural posea un producto (plástico frente a madera) más CO2 habrá emitido al ser fabricado, y cuanto menos producto final consumamos (una bola perdida frente a seis o siete) menos habremos contribuido a emitir estos gases.

Durante el recorrido deberíamos guardar (0) en la bolsa de palos aquellos residuos que vayamos produciendo (botellas, latas, papel de aluminio, colillas, etc.) y procurar no tirar basura en el campo (+), de este modo evitaremos un gasto energético extra en tareas de limpieza del campo así como facilitaremos el desarrollo de la masa vegetal fijadora de CO2. Del mismo modo, una vez terminado el recorrido sería aconsejable deshacernos de estos residuos mediante una correcta separación (0) de envases, papeles, vidrios, orgánicos, etc., con lo que colaboraremos activamente en el reciclaje de materiales, evitando tanto la fabricación innecesaria de nuevos productos (plástico, papel, vidrio, etc.) como el consumo de materias primas (petróleo, celulosa, sílice, etc.).

Ya en el vestuario, y después de darnos una ducha templada (+) o caliente (++) en la que hay que valorar de nuevo el origen de la energía eléctrica empleada para hacer funcionar la caldera del agua caliente, nos dispondremos a tomar algo en el bar, asegurándonos que si el aire acondicionado o la calefacción están funcionando lo hagan con las ventanas cerradas (0) en vez de abiertas (+). Uno de los pilares de la llamada arquitectura sostenible es el estudio y el desarrollo de sistemas de aislamiento energético que permitan conservar la energía en forma de calor dentro de un volumen determinado, lo que permite ahorrar energía eléctrica destinada a controlar la temperatura de ese volumen. Mantener funcionando un sistema de aire acondicionado a la vez que se tienen abiertas las ventanas es una absoluta pérdida de efectividad y, por lo tanto, un derroche de energía y un innecesario aumento de las emisiones de GEI.

Aún de forma un tanto dramatizada hemos visto que existen recursos y formas de emplearlos racionalmente, el problema aparece cuando se pasa del uso al abuso. De todas las actividades de tu día de golf, ¿en cuales crees que podrías contribuir a la reducción de emisión de CO2 y otros gases de efecto invernadero?
 

Alejandro Nagy es fundador de golfindustria.es.
 

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