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‘Integración ambiental de los campos de golf: gestión agrosistémica’, por Antonio D. Cansinos Bajo (Ingenieros por naturaleza)

En 1935 el botánico inglés Arthur George Tansley propuso el término ecosistema por primera vez para destacar la importancia de los organismos en las comunidades. Una pelea eterna, especialmente entre los más y los menos ecologistas es si el Hombre debe ser uno de esos organismos dentro de la comunidad o su mera presencia excluye al espacio de esta clasificación. Aunque el significado del término y la evolución del concepto ‘ecosistema’ ha pasado por el holismo Clementsiano, que predominó en la primera mitad del siglo XX, actualmente parece haberse alcanzado un reduccionismo estable.

Más allá de esta consideración sí es cierto que, se tenga en cuenta o no nuestra especie como parte del ecosistema, ocupamos zonas con diferente tasa de intervención, desde nula (elegida por los conservacionistas), pasiva (la escogida por los ecologistas) hasta modificadora y transformadora del territorio, que dio origen al concepto de agroecosistema.

El concepto Agroecosistema está basado en el enfoque de Sistemas y la Teoría General de Sistemas propuesta por Bertalanffy en 1976. Se aborda el problema a de la complejidad a través de una forma de pensamiento basada en la totalidad y sus propiedades. Este enfoque complementa al criterio reduccionista-mecanicista de la ciencia, que contrae el fenómeno hasta sus elementos; el agroecosistema es un todo menos intervenido conceptualmente por el conjunto de la sociedad que el de ecosistema.

El Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del Gobierno de España, que previó una inversión de 1.640.000.000 euros más concretamente en su componente “Conservación y restauración de ecosistemas y su biodiversidad” define como objetivo alcanzar un buen estado de conservación de los ecosistemas mediante su restauración ecológica cuando sea necesaria, y revertir la pérdida de biodiversidad, garantizando un uso sostenible de los recursos naturales y la preservación y mejora de sus servicios ecosistémicos. En su estructura, los componentes son subconjuntos de las palancas, el citado depende de la Palanca II “Infraestructuras y ecosistemas resilientes”.
 

 
El propio Gobierno de España reconoce que el país es uno de los que mayor diversidad biológica presenta en el mundo, lo que deriva directamente de su diversidad geológica, orográfica, climática, edafológica, etcétera. España legisla para la conservación de la biodiversidad y la resiliencia de sus ecosistemas.

Una idea de ecosistema continuo es estimulante; sin embargo, el 60 % del territorio español, dominando las tierras de labor, olivares y viñedos, son agroecosistemas, productivos en su mayoría, que configuran discontinuidades ya infraestructurales en nuestro espacio natural. Los ecosistemas en los que el Hombre es fundamento de transformación son clave en los objetivos para el fomento y la conservación de la biodiversidad en el Planeta, porque estas cifras no son muy diferentes en todos los países de nuestro entorno.

La productividad de los agroecosistemas los convierte en proyectos a muy largo plazo, de gran estabilidad territorial o incluso tendiendo a su extensión. Ya nadie piensa que los olivares o viñedos vayan a revertir hacia su integración completa en el ecosistema que los circunda, su importancia social y económica los aseguran. Los campos de golf no son diferentes, en los proyectos bien estudiados, aunque su productividad es medida por impacto socio turístico e incluso laboral y no en toneladas o hectómetros cúbicos, hasta llegar a formar parte de la imagen internacional de amplias zonas territoriales.

Fundamentos característicos de los agroecosistemas son su biodiversidad, regulación cultural, infraestructuras y paisaje agrario. El hombre, principal transformador de ecosistemas en agroecosistemas, debe comprometerse con los objetivos de resiliencia de los ecosistemas. En la medida en la que esto suceda las agrosistémicas serán manchas territoriales dentro de los ecosistemas, eliminando barreras biotópicas o, incluso, proporcionando albergue a especies con dificultades ecológicas.
 

 
El perfil agroecosistémico de un campo de golf presenta grandes ventajas para su gestión como tal; el aporte de biodiversidad puede ser alto, porque no existe dependencia productiva directa como en el caso de los de producción agrícola, donde los OGM1 generan beneficio directo; la discontinuidad del ecosistema circundante, cuando el diseño es integrador, puede resultar un oasis para determinadas especies porque mantiene condiciones puntualmente diferenciales en temporadas de necesidad; en muchos proyectos de golf, cada vez más, responden a progresiones de la ocupación territorial, lo que los diferencia de los agroecosistemas clásicos.

No se piensa ahora en olivares y viñedos como agresiones ambientales y la razón es que hace más de tres décadas que se tratan y estudian como agroecosistemas, incluyendo sus aportes directos a la biodiversidad, hasta el punto de haberse definido como biotopo de especies que creían desaparecidas o de algunas de reciente descubrimiento y descritas únicamente en ellos.

El origen de olivar es el ecosistema reinado por la encina, de las pocas capaces de modificar el suelo hasta generar su propio bosque, parque o dehesa, con estrategias naturales de monte bajo y alto, las dos primeras con gran capacidad productiva agraria manteniendo su propia estructura natural. El establecimiento del olivar es el fruto de la eliminación, no solo de la encina, sino también del resto del monte hasta la máxima potenciación del cultivo del olivo, a partir de la proliferación y modificación anatómica y fisiológica del acebuche hasta la generación de un fruto más aprovechable para el Hombre. Esta transformación ha venido provocando asombrosas adaptaciones naturales de las especies, auténticos paradigmas darwinianos que describen cómo, por ejemplo, algunas currucas de pico tuerto por defecto de nacimiento podían alimentarse de la aceituna ‘mordiéndola’ a diferencia de las de pico simétrico que antes tragaban el fruto del acebuche entero.

En la actualidad SEO Birdlife coordina del proyecto LIFE “Olivares vivos”, cuyo desarrollo ha permitido que el Profesor Gabriel Blanca et Al., de la Universidad de Granada, hayan descrito una nueva especie botánica desconocida hasta el momento muy recientemente, en 2018, Linaria qartobensis G., que viene a complementar la gran biodiversidad propia del olivar complementaria también con su ecosistema natural circundante. Se cita, además, el olivar como albergue de especies catalogadas en ‘peligro de extinción’ (avutarda o milano real, en Andalucía) y otras prácticamente desaparecidas de la Península (Aphaenogaster gemella R., hormiga casi únicamente descrita en Baleares).
 

 
En el sector se conoce, pero más allá no por falta de comunicación social, el esfuerzo de los profesionales del campo de golf por su integración ambiental. No es realista esperar el reconocimiento social cuando no se difunde el conocimiento y éste no es una cultura establecida. Multitud de proyectos de golf significan en su origen, a diferencia del resto de agroecosistemas, una evolución territorial, convirtiendo en campo de golf espacios de vertederos agotados o escombreras más o menos legales; otros son filtros de calidad del aire, del ruido y las vibraciones, cortafuegos en determinados montes y hasta filtros verdes para la calidad de las aguas subterráneas y acuíferos. Se trata de caracterizarlo, definirlo, conocerlo, difundirlo, aportar y, solo después, esperar el reconocimiento con una base firme, científica y sostenida.

El viñedo, otro gran ocupador de territorio, configura un nuevo conjunto de agroecosistemas, cada uno diferenciado, con su carácter y aportes naturales propios. Siguiendo el camino de los olivares, se han desarrollado ya estudios y proyectos como ‘Proyecto biodiversidad en los viñedos’, promovido por la Fundación Global Nature. De nuevo la eliminación del espacio natural para aprovechamientos diseñados por el hombre da como resultado el albergue de determinadas especies y supone una significativa adaptación natural del ecosistema circundante, cada uno en sus condiciones, con éxito.
 

 
Los espacios ocupados por los campos de golf presentan aspectos comunes a los grandes agroecosistemas estudiados y conocidos, pero también grandes ventajas respecto a aquellos. Lo primero es definir y reconocer el agroecosistema que conforma el propio campo de golf (en ocasiones, como en la Costa del Sol la continuidad es tal que el agroecosistema puede estar configurado por un conjunto de campos de golf), si se ignora lo que se tiene entre manos o se confunde la gestión de un agroecosistema con algunas buenas prácticas ambientales, guiadas por el marketing, solo se retrasa indefinidamente una responsabilidad que el hombre ya ha empezado a ejercer en todos los agroecosistemas hasta el punto de que las propias organizaciones ecologistas están trabajando por la biodiversidad dentro de estos espacios, cuando hace años se oponían a su desarrollo. Es el momento porque la inmensa mayoría de los profesionales que se ocupan del campo de golf tienen formación agraria y alto conocimientos, no solo del propio campo, sino de las tecnologías y sus efectos.

La superficie que ocupan los campos de golf es importante en España, superando, por ejemplo, en Andalucía, las cuatro mil trescientas hectáreas y alcanzando en el conjunto del país más de veinte mil hectáreas. Una ocupación territorial de entre treinta y cuarenta hectáreas, muy común para campos medianos, ya permite una gestión completa como agroecosistema, mejor cuanto más espacio se disponga. El viñedo ocupa 941.086 hectáreas y 2.750.000.000 hectáreas en el caso del olivar.

Si se miden por potencial económico el golf mueve, en España y según la RFEG4, alrededor de 4.640.000.000 euros/año indirectos (turismo del golf) y 777.000.000 euros/año directos (jugadores) frente a los 5.381.000.000 euros/año para el viñedo y 1.727.295.000 euros/año para el olivar.

Teniendo en cuenta que la PAC afecta directamente a las cifras y políticas de los dos segundos y el golf está excluido expresamente.

Estudiando la tasa de euro por unidad de superficie (hectárea) se encuentra la responsabilidad social que el golf presenta en cualquier ámbito (aun contando únicamente con el volumen económico directo), cuánto más en el de ambiental, que es parte de su entorno inmediato de desarrollo.
 

 
Definir el estado actual y futuro, así como completar un seguimiento del campo de golf como agroecosistema potenciará su papel como unidad complementaria de los ecosistemas y la visión holística necesaria para que la sociedad comprenda estos espacios por sus mecanismos de integración, en los que ya se trabaja sin llegar a la definición que este artículo defiende. Por otra parte, le permitirá revelar su papel social real, mejorando su imagen ambiental hasta el punto de ser considerado el deporte que más contribuirá a la biodiversidad.
 

Antonio David Cansinos Bajo es director y fundador de Ingenieros por naturaleza.