La semana pasada tuve la oportunidad de asistir a nueva edición del congreso anual de la Asociación Española de Greenkeepers, uno de los eventos profesionales de la industria de mayor solera en nuestro país. Tres días de formación, información, networking, charlas, comentarios, risas, recordatorios, lágrimas… de todo.
Como todos los años, las casas comerciales acompañaron a los greenkeepers en el salón comercial y, por primera vez en las cuarenta y cinco ediciones del evento, todas las marcas de maquinaria de mantenimiento realizaron una multitudinaria presentación de sus modelos de segadoras, pinchadoras, recebadoras, motobunkers, etc. Durante la tarde del martes, y hasta que el cielo aguantó, las instalaciones de El Plantío Golf acogieron una iniciativa aplaudida por muchos que bien pudiera llegar para quedarse.
Por otro lado, el ciclo de presentaciones y seminarios técnicos tampoco defraudó ya que nuevamente la AEdG conformó una atractiva agenda que permitió a los asistentes aprender de experimentados profesionales de diversos perfiles. Expertos llegados de Estados Unidos, Escocia, Francia, Finlandia y, por supuesto, España, tuvieron la oportunidad de compartir sus conocimientos y experiencias con un buen grupo de greenkeepers con ganas de mejorar en sus clubs y empresas, profesionales comprometidos con ser un poco mejores cada día en su trabajo.
Todo esto y más, como lo sucedido en la siempre memorable cena de gala, es lo que se pudo ver a simple vista. Pero hubo más.

Este congreso se desarrolló pocos días después de la que para mucho, y el tiempo lo dirá, ha sido una de las peores catástrofes naturales de la historia reciente de España. La DANA que asoló la costa levantina fue tema de conversación recurrente en los pasillos del salón comercial, especialmente porque varios de los presentes se habían visto afectados.
Algunos de los profesionales que estoicamente aguantaban a pie de stand hacía poco que habían cambiado las botas embarradas por los ‘zapatos de congreso’, hacía apenas unos días habían estado coordinando los inicios de unas labores de limpieza y recuperación que todavía les llevará tiempo concluir. Otros te contaban en primera persona cómo se había desarrollado la tragedia sencillamente porque habían estado allí, en la ‘zona cero’, pasando la noche fuera de sus casas y durmiendo en el centro comercial en la que el agua los había confinado. Y otros exponían lo que se habían encontrado al visitar campos de golf afectados por la tromba de agua, recorridos a los que les faltaban greens, bunkers y calles porque habían sido literalmente engullidos y masticados por la gota fría.
Pero también se escucharon varias historias de ayuda real gracias a la amistad y a la camaradería tejida tras años de relaciones profesionales, como camiones haciendo cientos de kilómetros para trasladar maquinaria a las zonas más afectadas y tratar de colaborar en lo posible, o coches cargados de material de ayuda que partieron de diversos lugares de la península con destino a Valencia, o profesionales ofreciendo toda la ayuda que sus capacidades les permitían.
Lo que vi en el congreso de greenkeepers de Elche fue a un grupo humano de gran valor, un conjunto de personas que en el día a día trabajan una barbaridad, cada uno en su ámbito profesional, y que está tremendamente cohesionado y dispuesto a echar una mano si las circunstancias obligan. Y esto es algo que los revaloriza individual y colectivamente, así como debe ser un motivo de orgullo para la Asociación Española de Greenkeepers.
Dice el refrán que ‘Las penas, con pan, son menos’. Las desgracias, con greenkeepers, parece que también.
Alejandro Nagy es fundador de golfindustria.es.










