Identidad, sostenibilidad, reputación, seguridad y calidad de vida son factores cada vez más determinantes para la competitividad de los destinos y desarrollos residenciales.
Esta fue una de las principales conclusiones de la segunda jornada del ciclo «Habitar el futuro. Naturaleza, Valor y Comunidad», celebrada el pasado 17 de septiembre en el hotel SO/ Sotogrande Spa & Golf Resort Hotel y promovida por Sotogrande S.A. y la Federación Provincial de Agrupaciones de Empresarios de la Construcción de Cádiz (FAEC), bajo el título «Lujo que multiplica: economía circular y valor de lo intangible».
La apertura institucional corrió a cargo de Francisco Javier Ros, subdelegado del Gobierno de la Junta de Andalucía en el Campo de Gibraltar, quien puso el foco en la sostenibilidad como elemento central de los nuevos modelos de desarrollo. «Desde el Gobierno de la Junta de Andalucía venimos apostando de forma firme por la sostenibilidad como una manera de conseguir un desarrollo de mayor calidad», señaló.

La mesa redonda, moderada por Jorge Fernández-Portillo, secretario general de FAEC, reunió a Nicolás Moncada, jefe del Área de Urbanismo, Ordenación del Territorio y Medio Ambiente del Ayuntamiento de San Roque; Isidoro Mínguez, presidente de Sotogrande S.A. y director de Orion Capital Managers España; Fernando García, presidente de ASPRICA; Manuel J. Ruiz Moriche, socio fundador y arquitecto de ARK Architects; y Eduardo Santander, CEO de European Travel Commission.
El debate permitió abordar el valor desde perspectivas diferentes pero complementarias. Para Isidoro Mínguez, una de sus principales dimensiones es el legado: recibir un territorio, mejorarlo y transmitirlo a las generaciones futuras. Una visión que vinculó con las decisiones que han permitido preservar durante más de seis décadas las características diferenciales de Sotogrande.
«Yo creo que no es tanto la palabra renunciar como elegir», afirmó al referirse a un modelo que ha priorizado la integración paisajística, la naturaleza, la baja densidad, la seguridad, la privacidad y la comunidad.

Desde la perspectiva de la planificación urbana, Nicolás Moncada incidió en que «todo aquello que quiera mantener un valor en el tiempo va a tener que pasar por el filtro de la sostenibilidad», entendida desde sus dimensiones ambiental, social y económica. También advirtió de la importancia de que las infraestructuras acompañen al crecimiento para evitar el riesgo de «morir de éxito».
La arquitectura se presentó asimismo como una herramienta para transformar las cualidades de un territorio en valor tangible e intangible. Manuel J. Ruiz Moriche defendió una arquitectura situada «entre la función y la emoción» y recordó que «la arquitectura acaba formando parte del patrimonio colectivo», lo que implica también una responsabilidad hacia el entorno y la sociedad.
Por su parte, Fernando García incorporó la viabilidad económica al debate: «Si queremos que las cosas ocurran, tienen que ser económicamente viables», defendió al abordar cuestiones como la vivienda asequible, la regulación y los costes asociados a los nuevos desarrollos.
Desde una perspectiva internacional, Eduardo Santander resumió el concepto desde otra dimensión: «El valor no es nada más que la promesa», poniendo el foco en la capacidad de un destino para responder a las expectativas que genera y preservar su reputación.

La conversación posterior entre Jorge Fernández-Portillo y Eduardo Santander profundizó en la evolución del turismo, la competitividad de los destinos y las oportunidades que ofrece el turismo residencial para territorios como Cádiz y Sotogrande.
Santander destacó que la competitividad ya no puede medirse únicamente en número de visitantes. Frente a los modelos basados en el volumen, resumió parte de la evolución de la demanda con una expresión, «menos es más», identificando «la seguridad, la tranquilidad, el espacio y el tiempo» como atributos que están adquiriendo un peso creciente.
Una transformación especialmente relevante para el turismo residencial. «El turista residencial, primero de todo, compra certeza», afirmó Santander, relacionándola con la seguridad, el clima, los servicios, las infraestructuras y la confianza que inspira un territorio.

Fernández-Portillo incidió en la necesidad de entender el turismo residencial como un proceso que comienza mucho antes de adquirir una vivienda: el visitante conoce un destino, regresa, establece vínculos con él y puede terminar eligiéndolo como lugar de residencia. De ahí la importancia de construir una propuesta de valor capaz de generar recurrencia y permanencia.
Santander defendió además la constancia y coherencia en la construcción de la reputación de un destino e introdujo el equilibrio entre residente, visitante e inversor como uno de los grandes retos de la gestión territorial. Tres actores cuyos intereses deben integrarse en estrategias concebidas a largo plazo.
En este sentido, Isidoro Mínguez identificó precisamente como uno de los principales retos la necesidad de «mirar a largo plazo», tanto desde la iniciativa empresarial como desde las administraciones, reduciendo incertidumbres y favoreciendo la inversión.

La jornada dejó como conclusión la necesidad de identificar aquello que hace singular a un territorio, protegerlo y convertirlo en una ventaja competitiva capaz de perdurar.
En Sotogrande, identidad, paisaje, baja densidad, calidad de vida, seguridad y comunidad constituyen activos cuyo futuro dependerá también de la planificación a largo plazo y de la colaboración entre empresas, administraciones y sociedad.
El ciclo «Habitar el futuro. Naturaleza, Valor y Comunidad» tendrá continuidad antes de finalizar el año con la celebración de su tercera y última jornada, bajo el título «Comunidades que perduran: cómo diseñar vínculos, pertenencia y legado», que cerrará este espacio de reflexión sobre los retos y oportunidades que marcarán el futuro de Sotogrande.











