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‘¿Y si al final el COVID supusiera el revulsivo que necesitaba el golf nacional?’, por Javier Insula

El número de nuevos jugadores en 2020 ha crecido en España un 42’5 % con respecto a 2019, con un total de 8.296 nuevos federados (fuente: RFEG).

El titular del artículo es una frivolidad. El COVID se está llevando por delante decenas de miles de vidas y va a provocar la mayor crisis económica que se recuerda. No puedo olvidar a esas familias que no han podido ni tan siquiera despedirse de sus seres queridos, que se han marchado en la más cruda soledad, en lo que supone, al menos para mí, lo más estremecedor de esta pandemia.

El golf arrastra una crisis mundial, económica y de identidad, desde la crisis financiera del 2007. Frente al auge y popularización del final de los noventa y principios de los 2000, nos topamos con un abismo del que no sabíamos cómo salir. Los hábitos de la sociedad cambiaron con rapidez y de pronto el golf se quedó atrás. Que si no era divertido, que si los jóvenes lo veían como un deporte de mayores y aburrido, que si demandaba un tiempo que ya no se tenía, etc. En todo el mundo se desplomaron las licencias. La crisis económica enmascaraba la verdadera realidad. Claro que perdíamos jugadores como consecuencia de ella, pero lo cierto es que “nuestra” crisis era mucho más profunda y nada coyuntural.

Hasta el año pasado continuaban decreciendo los jugadores en la mayoría de los países europeos (caída del 3 % anual en Reino Unido entre el 2015 y el 2018, del 2 % en los países escandinavos, curva plana en Alemania y con un ligero crecimiento en Francia). En España, caída de 285.483 a 272.084 federados en ese periodo.

Saltaban las alarmas: hay que reinventarse, tenemos que flexibilizar normas y etiqueta, debe jugarse en mucho menos tiempo, tenemos que ser atractivos para los jóvenes, etc.

Ahora sabemos que al menos el 57 % de los campos de golf nacionales no son rentables (Informe Económico IE 2020). Llevo veinte años en esta industria y he vivido en primera persona toda esa transición. Nunca había resultado tan difícil atraer a nuevos jugadores como en los últimos años, y tengo claro que no era por una cuestión de precio.

Llegó el COVID-19 y, durante el estado de alarma, los campos cerraron su actividad más de setenta días consecutivos. Cero ingresos (salvo los campos de socios con cuotas). ¿Y los costes?

Desgraciadamente en nuestro sector casi todos son fijos, por lo que tuvimos que seguir soportándolos, con la excepción de los ERTE, que en todo caso afectaron sobre todo a la plantilla que no era de mantenimiento, que ya de por sí supone en torno al 60 % del total, porque el campo debía seguir manteniéndose. El daño económico del periodo del estado de alarma resultó demoledor, pero cuando se levantó el mismo apreciamos que el jugador local acudió masivamente a jugar. Desde finales de mayo y hasta hace una semana, en la mayoría de los campos con clientes locales, se batieron todos los récords de actividad, semana tras semana, mes tras mes, en todas las comunidades y en todos los países europeos, allí sobre todo como consecuencia de que sus jugadores no pudieron precisamente venir a jugar a nuestros recorridos de la costa. Son precisamente estos campos, eminentemente turísticos, los que siguen sin clientes y se enfrentan a una verdadera lucha por sobrevivir.

Pero el dato verdaderamente alentador es que se han generado más nuevos jugadores nacionales que en ningún otro periodo de los últimos diez años (solo en septiembre nada menos que un 55 % más que el mismo mes del año pasado). De pronto, el golf se ha vuelto más atractivo, una alternativa segura frente al COVID, sostenible y que proporciona el tan demandado ahora «tiempo de calidad» entre las personas. Si antes era caro ya no lo es, si antes era aburrido ya no lo parece tanto, si antes no había tiempo ahora se encuentra gracias a esta coyuntura del teletrabajo.

Permitirme terminar con un reconocimiento a nuestro sector. El crecimiento se cimenta sobre el enorme esfuerzo de los campos, de sus gerentes y de sus plantillas, y del buen hacer de la Asociación Española de Campos de Golf (AECG) y de la Real Federación Española de Golf (RFEG) que lograron establecer un protocolo de forma rápida y eficaz que aportó confianza al jugador.

En definitiva, de un trabajo en común entre todos como jamás antes había existido en nuestra industria.
 

Javier Insula es socio y director general de Making Golf Group.