Para Agustín Pizá, diseñar nunca ha consistido únicamente en resolver un problema. Ya sea al concebir un campo de golf, al admirar un reloj mecánico o al impulsar iniciativas para acercar este deporte a nuevas generaciones, su verdadera vocación ha sido crear experiencias capaces de perdurar en la memoria.
En esta conversación, coordinada por Israel Ortega, editor-in-chief de la revista
REVOLUTION México & Latin America, y publicada originalmente en septiembre de 2026, el arquitecto mexicano reflexiona sobre el diseño, la creatividad, el valor de compartir el conocimiento.

¿Cuándo entendiste que un campo de golf podía ser mucho más que un espacio para jugar y convertirse en una obra de diseño?
Fue en 1998. Yo había jugado golf de niño, pero nunca fue mi deporte principal. Lo mío era el fútbol americano, el baloncesto, los deportes de contacto. Cuando estudié Arquitectura en el Tecnológico de Monterrey, tenía una inquietud muy clara: quería encontrar una manera de unir la arquitectura con el deporte. Pensaba en estadios o complejos deportivos; el diseño de campos de golf ni siquiera figuraba en mi radar.
Al graduarme, empecé a trabajar en arquitectura industrial, pero un día, por casualidad, el gerente de la empresa vio mis palos de golf en mi camioneta y me preguntó si jugaba. Le respondí que estaba retomando el deporte y entonces me dijo algo que me cambió la vida: que su sobrino trabajaba con Jack Nicklaus.
Mi reacción fue inmediata. Le pregunté qué hacía con Nicklaus y me respondió: «Diseña campos de golf». Yo ni siquiera sabía que esa profesión existía. Fue una revelación. Dos días después, me puso en contacto con él; unas semanas más tarde, tuve una entrevista y, un mes después, estaba trabajando en la empresa constructora de Jack Nicklaus Design en Los Cabos.
Recuerdo perfectamente el día en que conocí a Jack. Después de recorrer el campo, se quitó la gorra, la firmó y me dio la bienvenida al equipo. Nunca imaginé que, casi tres décadas después, seguiría viviendo de aquella decisión.
Lo que comenzó como una coincidencia terminó convirtiéndose en la oportunidad de hacer exactamente lo que buscaba desde la universidad: combinar la arquitectura con el deporte. Mirando hacia atrás, entiendo que no fue sólo un cambio de trabajo; fue el momento en que encontré mi propósito profesional.

En distintos foros has insistido en que el golf es mucho más que un deporte. ¿Qué hace falta para que más personas lo entiendan de esa manera?
Creo que el reto principal sigue siendo cultural. Durante más de un siglo, el golf ha estado rodeado de barreras que muchas veces son más mentales que reales. En México llegó de la mano de comunidades británicas que construían sus propios campos para uso privado, y esa imagen terminó arraigándose: un deporte exclusivo, cercado y reservado para unos cuantos.
Esa percepción ha perdurado durante generaciones y ha impedido que mucha gente descubra todo lo que el golf realmente ofrece. Porque el golf no es sólo un juego; es una actividad que desarrolla disciplina, paciencia, honestidad, respeto y capacidad para tomar decisiones. Es uno de los pocos deportes donde el propio jugador es el primer responsable de hacer cumplir las reglas. El golf es como la vida misma: lo único que controlamos es nuestra actitud ante las situaciones que enfrentamos.
También hace falta entender el enorme valor que puede generar para una comunidad. En muchos países, un campo de golf es un motor de turismo, empleo e inversión. México tiene destinos extraordinarios, pero todavía no hemos aprovechado todo ese potencial ni hemos logrado que el golf se perciba como parte de una estrategia de desarrollo y no únicamente como un privilegio.
Definitivamente, mi interés siempre ha sido el mismo: derribar esos prejuicios. Cuando alguien descubre el golf por primera vez, normalmente descubre algo muy distinto de lo que imaginaba. Descubre un deporte que exige carácter, que pone a prueba la toma de decisiones y que, además, tiene la capacidad de reunir a personas de distintas generaciones alrededor de una misma experiencia.

Has dedicado buena parte de tu tiempo a iniciativas como First Tee y TGL. ¿Qué papel desempeñan esos proyectos en tu visión del golf?
Para mí, son una consecuencia natural de la misma filosofía. Si realmente creemos en el golf como una herramienta para formar personas, entonces no basta con diseñar grandes campos; también hay que crear oportunidades para que más gente se acerque al deporte.
Con First Tee encontramos una manera muy concreta de hacerlo. En México hemos trabajado para romper muchas barreras y acercar el golf a niños y jóvenes que difícilmente habrían tenido acceso a él. Más que enseñarles a jugar, buscamos transmitir los valores que acompañan al deporte: disciplina, honestidad, respeto y confianza en uno mismo.
Me gusta decir que el mexicano tiene un enorme potencial. Muchas veces ni siquiera sabemos que existe un techo de cristal hasta que alguien nos ayuda a romperlo. Cuando eso ocurre, entiendes que realmente no había límites. Eso me pasó a mí y ése es el espíritu de First Tee: darles a más niños y jóvenes la oportunidad de descubrir todo lo que son capaces de hacer.
TGL representa otra faceta de esa misma misión. Me atrajo desde el primer momento porque propone una forma distinta de vivir el golf. Cuando Tiger Woods, Rory McIlroy y su equipo me invitaron a colaborar en el proyecto, entendí que no buscaban simplemente diseñar un campo, sino imaginar una experiencia completamente nueva.
Creo que ésa ha sido una constante en mi carrera: atreverme a pensar de manera diferente. En TGL encontré un espacio donde la creatividad podía convivir con la tecnología para acercar el golf a nuevas audiencias sin perder la esencia del juego.
Al final, tanto First Tee como TGL responden a la misma idea. Diseñar no consiste únicamente en crear un espacio físico; también implica abrir puertas para que más personas descubran, disfruten y hagan suyo ese mundo.

Escuchándote hablar, resulta inevitable ver paralelismos entre un campo de golf y un reloj. ¿Cómo entiendes esa relación?
Me gusta mucho esa comparación porque es exactamente así. Fríamente, un reloj sirve para dar la hora y un campo de golf sirve para jugar. Pero nosotros no diseñamos para la función; diseñamos para las emociones.
Cuando veo un reloj que realmente me gusta, no pienso sólo en el mecanismo. Me interesa saber quién lo creó, qué historia hay detrás, por qué eligieron una determinada solución o un detalle que, a simple vista, parece pequeño, pero termina dándole toda su personalidad. Eso es diseño con intención.
Con un campo de golf sucede exactamente lo mismo. Nosotros no diseñamos dieciocho hoyos; diseñamos un storytelling. Me gusta pensar que un recorrido está construido como una buena película o una buena novela. Tiene momentos de tensión, de sorpresa, de recompensa. Va llevando al jugador por distintas emociones.
Y luego está el propio juego. La gente cree que controla la bola, pero no es cierto. Basta que el impacto cambie uno o dos grados para que, doscientos metros más adelante, la historia sea completamente distinta. El golf te recuerda constantemente que no controlas todo. Y eso también es la vida.
Por eso me gusta diseñar con misterio. No quiero mostrar el campo desde el primer momento. Prefiero que el jugador lo vaya descubriendo, que encuentre nuevas perspectivas, nuevos retos, nuevas decisiones conforme avanza. Cuando una experiencia logra sorprenderte una y otra vez, permanece contigo mucho tiempo después de haber terminado la vuelta.

¿Qué encuentras en un gran reloj que dialoga con tu manera de entender el diseño?
Siempre digo que mis relojes son medallas que me he ganado. No porque representen un valor económico, sino porque cada uno está ligado a una persona, a un momento o a una etapa de mi vida. Al final, eso es lo que realmente colecciono.
Por eso siento un cariño muy especial por IWC. Mi relación con la marca comenzó cuando recibí un Portugieser tras ser reconocido entre los ’30 de 30′ de la revista Expansión. A partir de ahí nacieron amistades, experiencias y una relación que sigue muy viva. También está mi Big Pilot, una pieza con la que conecto muchísimo porque refleja ese equilibrio entre funcionalidad, presencia y diseño que tanto disfruto.
Sin embargo, si hablo únicamente de diseño, siempre regreso al Rolex Milgauss. Me parece una obra maestra porque demuestra que no hace falta gritar para tener personalidad. Es un reloj con intención, muy técnico, creado para operar con la máxima precisión ante la influencia de fuertes campos magnéticos. Y tiene ese cristal con el matiz verde y la aguja en forma de rayo que es de color anaranjado ¡igual que el logotipo de Piza Golf Design! Son pequeños acentos que transforman por completo el reloj. Quien realmente aprecia la relojería entiende de inmediato por qué es un reloj especial.
Y luego está Franck Muller, que me fascina por una razón completamente distinta. Me encanta la libertad con la que juega con la composición, la tipografía y la caja. Ahí veo a un creador que decidió romper las reglas para construir un lenguaje propio. Como diseñador, admiro profundamente ese tipo de propuestas.
Al final, eso es lo que busco en cualquier reloj. No necesariamente la pieza más exclusiva ni la más famosa, sino una idea bien ejecutada. Un reloj con intención, con carácter y con una historia detrás —igual que un buen campo de golf—.

Cuando era estudiante de arquitectura, Agustín Pizá buscaba una manera de unir dos pasiones que parecían recorrer caminos distintos: el diseño y el deporte. Décadas después, esa búsqueda sigue intacta. Sólo que ahora también incluye la educación, la creatividad y la relojería. No porque hayan aparecido nuevas aficiones, sino porque todas responden a la misma manera de entender el mundo.
En tiempos en los que la especialización suele fragmentar las vocaciones, Pizá demuestra que es posible construir una trayectoria coherente cuando cada decisión nace de una misma convicción: diseñar experiencias que valgan la pena compartir.











